Ha llegado la hora de pensar a lo grande con la Inteligencia Artificial

Hay ideas que, cuando se leen en inglés, suenan potentes, pero en castellano necesitan una traducción más humana para que de verdad digan algo. Eso me pasa con el artículo de Garry Tan titulado Boil the Ocean, publicado el 7 de febrero de 2026. La traducción literal, “hervir el océano”, funciona como imagen, pero en realidad lo que está planteando es algo mucho más sencillo y mucho más importante: ha llegado el momento de dejar de pensar en pequeño.

Durante años, en el mundo de la empresa y del software se ha repetido una idea casi como un dogma: no intentes hacerlo todo, no abarques demasiado, no te disperses. Era un buen consejo en un contexto normal. Servía para mantener el foco, para evitar proyectos imposibles y para no perder meses en ambiciones mal definidas. Garry Tan parte precisamente de ahí, pero sostiene que ese consejo empieza a quedarse viejo en una etapa marcada por agentes de IA cada vez más capaces y por una automatización del trabajo intelectual que está cambiando la escala de lo posible.

Y creo que ese es el punto realmente interesante.

Una parte importante del debate actual sobre Inteligencia Artificial se ha quedado atrapada entre dos extremos. Por un lado, el miedo: la idea de que la IA llega para sustituir, abaratar y recortar. Por otro, la exageración vacía: promesas casi místicas sobre un futuro perfecto. Entre esas dos posiciones hay una tercera, mucho más útil, que es la que me interesa: la IA como multiplicador de capacidad para quien quiera construir de verdad.

Garry lo plantea con bastante claridad. Su argumento de fondo es que el miedo al futuro crece cuando nuestras aspiraciones son demasiado pequeñas. Si una persona o una empresa solo piensa en seguir haciendo exactamente lo mismo que hace hoy, pero de forma un poco más eficiente, entonces una máquina que lo haga más rápido y más barato da miedo. Pero si la ambición cambia y lo que se busca es construir algo mucho más grande, mucho mejor o mucho más útil, entonces la máquina deja de ser una amenaza y pasa a ser una herramienta extraordinaria.

Esa idea me parece especialmente valiosa porque obliga a revisar el tipo de preguntas que nos estamos haciendo. Muchas empresas siguen atrapadas en una mentalidad de optimización mínima: cómo reducir un 5 % de costes, cómo ganar un poco más de margen, cómo hacer el mismo proceso con menos personas. Garry critica precisamente esa lógica y propone otra muy distinta: en lugar de usar la IA para arañar mejoras pequeñas, usarla para atacar objetivos que antes parecían excesivos o directamente imposibles. En su artículo pone ejemplos muy concretos: por qué conformarse con mejoras marginales si se puede aspirar a productos o servicios que multipliquen de verdad el valor entregado.

A mí me parece que ahí está el auténtico cambio de época.

La IA no obliga solo a aprender herramientas nuevas. Obliga, sobre todo, a elevar el tamaño de nuestras ambiciones. Porque si la capacidad de ejecutar software, analizar información, diseñar procesos o construir servicios se multiplica, entonces seguir pensando con el marco mental de hace cinco años puede convertirse en un lastre. No basta con correr más. Hay que decidir hacia dónde merece la pena correr.

Esto tiene implicaciones muy profundas para fundadores, directivos, inversores y también para quienes trabajan por cuenta ajena. Garry llega a decir que, para quien vive de intercambiar trabajo por salario, este puede ser el momento de convertirse en constructor, de iniciar proyectos propios y de usar estas herramientas para ampliar radicalmente su capacidad. Y para quienes ya tienen responsabilidad de gestión o acceso a capital, su planteamiento es todavía más contundente: no usar la IA solo para recortar, sino para ampliar de forma mucho más agresiva el nivel de aspiración.

Comparto bastante esa mirada. No porque piense que todo vaya a ser fácil ni porque la transición no vaya a traer tensión, sino porque reducir la IA a una herramienta para sustituir tareas me parece una forma muy pobre de entender lo que está ocurriendo. La pregunta relevante no es únicamente qué trabajo se automatiza. La pregunta de verdad es qué tipo de empresa, de producto, de servicio o de infraestructura se vuelve viable ahora.

Ese cambio de enfoque también ayuda a entender por qué la obsesión por la “eficiencia” puede quedarse corta. La historia de la tecnología demuestra que cuando algo se vuelve mucho más eficiente no siempre se consume menos; muchas veces ocurre lo contrario. Garry enlaza esa idea con el concepto de Buckminster Fuller de hacer cada vez más con cada vez menos, y también con la lógica de la paradoja de Jevons: cuando un recurso se abarata y se vuelve más útil, su uso puede dispararse en lugar de reducirse. En su texto aplica esa lógica a la inteligencia, al trabajo y a la creación de productos y servicios.

Y aquí creo que merece la pena detenerse un momento. Porque esa expansión no sucede sola. No basta con que exista una tecnología poderosa. Hace falta también dirección, valentía, capital y, sobre todo, una voluntad real de pensar a otra escala. Si la IA se usa solo para exprimir un poco más el modelo anterior, el resultado será decepcionante. Si se usa para abrir mercados, lanzar productos radicalmente mejores, automatizar lo tedioso y liberar tiempo para crear valor nuevo, entonces sí puede cambiar muchas cosas.

Por eso, más que “hervir el océano”, yo diría que ha llegado el momento de atreverse con lo que antes parecía inabarcable. Esa sería, al menos para mí, la mejor forma de decirlo en castellano. No se trata de hacer locuras ni de perder el foco. Se trata de aceptar que el foco de ayer quizá ya no es suficiente para el mundo que viene.

Las startups siempre han tenido ventaja cuando el terreno cambia deprisa, porque pueden moverse sin tanto peso, sin tanta burocracia y sin tanta necesidad de justificar cada paso con un Excel. Garry recuerda precisamente que las startups son especialmente buenas construyendo para un futuro 10x mientras otros siguen optimizando el presente a un 1,05x. Y quizá esa sea la gran lección de esta etapa: la IA va a premiar menos a quien defiende lo de siempre y más a quien tenga el coraje de replantear la escala de lo que quiere construir.

Yo me quedo con esa idea. No como consigna grandilocuente, sino como disciplina mental. En una etapa como esta, el mayor riesgo no es solo quedarse atrás tecnológicamente. El mayor riesgo es quedarse atrás en ambición.

Inspirado en Boil the Ocean, de Garry Tan, publicado en Garry’s List el 7 de febrero de 2026.