
Mi hijo ya me gana al ajedrez, y es la mejor noticia de esta serie
En esta serie he hablado de máquinas: de la que construyó Torres Quevedo en 1912 y del 286 contra el que yo perdía en 1990, y de Stockfish, el motor libre que hoy juega mejor que nadie. Hoy toca hablar de una persona.
A mi hijo Bruno le faltan once días para cumplir ocho años. Hace dos no sabía mover un caballo y hoy me gana seis de cada diez partidas. No recuerdo la primera partida que me ganó, pero no tardó mucho en llegar, y para él fue algo maravilloso. Desde entonces me gana cada vez más. Y no lo digo con resignación. Lo digo con un orgullo que no me cabe en el pecho.
Porque cuando lo veo pensar delante del tablero, callado, con la mano quieta encima de una pieza antes de moverla, pienso en todo lo que se habla estos días sobre inteligencia artificial, sobre niños que crecen con respuestas a un clic y sobre si sabrán pensar por sí mismos. Y creo que el ajedrez tiene algo que decir sobre eso.
Las claves en 20 segundos
- Los grandes modelos de lenguaje juegan al ajedrez memorizando: en el banco de pruebas de Kaggle todos elegían la Defensa Siciliana, hasta que les obligaron a empezar desde otras aperturas.
- Magnus Carlsen ganó en febrero de 2026 el primer Mundial FIDE de ajedrez Freestyle, donde las piezas se sortean y no sirve memorizar.
- La ciencia es prudente: el ajedrez en la escuela tiene efectos positivos pero moderados, y no convierte a nadie en un genio de las matemáticas.
- Lo que sí enseña, y he visto en casa, es a concentrarse, a perder sin excusas, a analizar el error y a pensar antes de pedir la respuesta.
Del tablero de la playa a las clases
No hubo ningún plan. En casa jugamos a todo tipo de juegos de mesa, y un día le hablé del ajedrez. Lo probamos y le encantó. A partir de ahí, todo fue rodado.
Empezamos a llevar un ajedrez a cualquier sitio, y todavía lo hacemos. Bruno descubrió enseguida que la mejor forma de jugar más era preguntar a quien tuviera delante si sabía. Aquel primer verano, en la playa, no se libró de una partida ni un amigo ni un conocido. Ver a un niño de seis años plantarle un tablero a un adulto y decirle «¿echamos una?» tiene algo que no se aprende en ningún sitio.
Luego llegaron las clases, y con ellas el salto. Pasó de mover piezas con intuición a hablar de desarrollo, de controlar el centro, de no sacar la dama demasiado pronto. Jugamos casi siempre con tablero físico; en pantalla, como mucho, alguna partida en Duolingo o en Chess.com.
También entraron los libros. Método Enigma, del misterioso Rey Enigma, es un manual pensado para niños, con una lección cada día y ejercicios. Y Atrapados en una partida de ajedrez, de Arthur Perrier, es una novela de aventuras en la que dos niños acaban dentro de un tablero gigante. Está recomendada a partir de nueve años y se la compramos un poco antes de tiempo, lo que dice bastante de lo picado que está.
Las máquinas que memorizan
Mientras Bruno aprendía, pasaba algo curioso con las inteligencias artificiales de moda. En agosto de 2025, Kaggle y Google DeepMind lanzaron Game Arena, una plataforma para medir a los grandes modelos de lenguaje enfrentándolos en juegos. La primera prueba fue el ajedrez. La idea era sencilla: en una partida no puedes copiar la respuesta de un examen que ya has visto.
Y ahí apareció el detalle que me parece más revelador de toda esta historia. Cuando les dejaban elegir, los modelos abrían todos con la misma defensa: la Siciliana. No porque la entendieran mejor, sino, con toda probabilidad, porque es una de las aperturas más jugadas y comentadas en todo lo que han leído. Los organizadores tuvieron que crear una variante que arranca desde veinte aperturas populares sacadas de Lichess para separar el cálculo real de lo memorizado.
Los modelos han mejorado mucho desde entonces, pero conviene poner las cifras en su sitio. En septiembre de 2026, el mejor de la tabla tenía una puntuación de 1.502 en la escala interna del torneo, que mide a los modelos entre sí y no es comparable con el Elo de un jugador. El motor del que hablé la semana pasada ronda los 3.650. Siguen siendo, para el ajedrez, unos generalistas que han leído mucho.
Y aquí está la diferencia con un niño que aprende. En el especial de aperturas de National Geographic, el gran maestro Miguel Illescas (sí, el mismo que trabajó en Deep Blue) no te pide memorizar líneas. Te explica por qué se juegan: desplegar las piezas, dominar el centro, enrocar pronto. Memorizar te da la jugada. Entender te dice qué hacer cuando la partida se sale del guion.
Carlsen y el ajedrez sin guion
Lo más llamativo es que los humanos llevan años con el problema contrario. Con motores como Stockfish en cualquier portátil, la preparación de aperturas en la élite se ha vuelto tan profunda que muchas partidas se deciden en casa, memorizando decenas de jugadas analizadas por la máquina.
Magnus Carlsen, el mejor jugador de su generación, decidió que eso le aburría. Junto al empresario Jan Henric Buettner impulsó el ajedrez Freestyle: antes de cada partida se sortea la posición de las piezas de la última fila, así que la teoría de aperturas deja de servir y cada partida empieza en territorio desconocido. En febrero de 2026, en Weissenhaus (Alemania), se jugó el primer Campeonato del Mundo FIDE de Freestyle. Lo ganó Carlsen.
Me parece una lección enorme para la época que vivimos. Cuando todos usan la misma herramienta y memorizan lo mismo, lo que marca la diferencia es lo que sabes hacer cuando el guion se acaba. Eso vale para el ajedrez, para programar con IA y para casi cualquier trabajo que conozco.
Lo que dice la ciencia, y lo que no
Aquí tengo que ser honesto, porque es fácil dejarse llevar. Se repite mucho que el ajedrez hace a los niños más listos o mejores en matemáticas. La realidad es más modesta.
Los investigadores Giovanni Sala y Fernand Gobet revisaron en 2016 los estudios disponibles, 24 en total. Encontraron que el ajedrez en la escuela mejora algo las matemáticas y la capacidad cognitiva, pero con efectos moderados, y que hacen falta como mínimo unas 25 o 30 horas de clase para notar algo a corto plazo. En trabajos posteriores fueron más allá: lo que se aprende en el tablero rara vez se traslada a otros terrenos, y algunos de los efectos podrían deberse a cómo estaban diseñados los estudios.
En España ya tuvimos nuestro momento de entusiasmo. En febrero de 2015, la Comisión de Educación del Congreso aprobó por unanimidad una proposición no de ley para implantar el programa «Ajedrez en la escuela». No era vinculante y nunca llegó a convertirse en ley nacional; han sido las comunidades autónomas y los propios colegios los que han ido moviendo ficha.
No cuento esto para quitarle valor al ajedrez, sino para ponérselo donde de verdad lo tiene. No vendo que Bruno vaya a sacar mejores notas por jugar. Lo que sí puedo contar es lo que veo cada semana en casa.
Lo que sí veo en casa
En Método Enigma hay una página que resume mejor que yo lo que el ajedrez le está dando a Bruno. La llaman los diez mandamientos de los jaquetones, y entre ellos están estos: nunca rendirse, jugar limpio, no poner excusas, no confiarse en posiciones ganadas, analizar cada derrota y felicitar al rival tras una buena partida.

Ninguno habla de matemáticas. Todos hablan de cómo comportarse cuando las cosas van bien y, sobre todo, cuando van mal.
Lo primero que aprende un niño en el ajedrez es a perder. No hay árbitro al que culpar, ni compañero de equipo, ni mala suerte con los dados. Si pierdes, es porque el otro jugó mejor o porque tú te equivocaste. Y la única salida es mirar la partida otra vez y entender dónde se torció.
Lo segundo es a pensar antes de actuar. En una época en la que cualquier pregunta tiene respuesta inmediata en una pantalla, el tablero obliga a quedarse quieto, calcular, dudar y decidir solo. Nadie te va a dar la jugada.
Y aquí vuelvo a León, a 1998 y a la idea del centauro de la primera entrega: el mejor resultado no lo daba la máquina sola, sino la persona que sabía pensar y usar la máquina a la vez. Bruno va a crecer rodeado de inteligencia artificial, igual que yo crecí rodeado de ordenadores. No me preocupa que la use. Me preocuparía que no supiera pensar sin ella. Y cada partida que me gana me tranquiliza un poco más.
Perder contra tu hijo
Empecé esta serie contando cómo, en 1990, mejoraba al ajedrez sin nadie al otro lado del tablero, perdiendo tarde tras tarde contra un programa en un Tandon 286. Treinta y tantos años después, al otro lado del tablero está mi hijo. Y sigo perdiendo, pero ahora es la mejor noticia posible.
El ajedrez lleva más de un siglo siendo el lugar donde medimos a las máquinas: desde el autómata de Torres Quevedo hasta Deep Blue, Stockfish o los modelos de lenguaje que hoy abren todos con la Siciliana. Las máquinas ya ganaron esa carrera hace tiempo. Lo que el ajedrez sigue midiendo, y mejor que nunca, es otra cosa: cómo pensamos nosotros cuando no hay nadie que nos dé la respuesta.
No sé si Bruno será un gran jugador, y me da igual. Sé que está aprendiendo a perder, a concentrarse y a buscar la mejor jugada por sí mismo. Con eso podrá enfrentarse a la vida, y a la inteligencia artificial, de tú a tú.
Con esta entrega cierro la serie. Gracias por acompañarme en el viaje, de Torres Quevedo a la mesa de mi casa. Ahora, si me disculpáis, me debe la revancha.
Para seguir jugando
Todos los libros que han ido saliendo en la serie, por si te apetece seguir:
- Cuentos, jaques y leyendas, de Manuel Azuaga. Historias del ajedrez dentro y fuera del tablero, con prólogo de Miguel Illescas. Lo he leído y lo recomiendo juegues o no.
- Método Enigma. Para futuros maestros del ajedrez, de Rey Enigma. Un manual para niños con lecciones diarias, ejercicios y los diez mandamientos de los jaquetones.
- Atrapados en una partida de ajedrez, de Arthur Perrier. Novela de aventuras para jóvenes lectores, a partir de nueve años.
- Edición especial de National Geographic: Aperturas, del gran maestro Miguel Illescas. Para aprender a empezar una partida entendiendo el porqué de cada jugada. Hay más especiales de la serie: estrategias, tácticas y finales.
Preguntas frecuentes
¿Las inteligencias artificiales como ChatGPT o Gemini juegan bien al ajedrez? Mucho mejor que hace un año, pero lejos de un motor especializado. En el banco de pruebas Game Arena de Kaggle tendían a repetir aperturas memorizadas, y su puntuación se mide en una escala propia entre modelos, no comparable con el Elo de los jugadores.
¿Qué es el ajedrez Freestyle? Una variante en la que se sortea la posición inicial de las piezas de la última fila, de modo que no sirve la teoría de aperturas. Magnus Carlsen ganó el primer Campeonato del Mundo FIDE de Freestyle en febrero de 2026.
¿El ajedrez mejora las notas de los niños? Los estudios muestran efectos positivos pero moderados en matemáticas y capacidad cognitiva, y poca transferencia a otras materias. Su valor más claro está en hábitos como la concentración o saber gestionar la derrota.
¿A qué edad puede empezar un niño a jugar al ajedrez? No hay una edad fija. Muchos niños empiezan entre los cinco y los siete años, cuando ya pueden seguir reglas y mantener la atención en una partida corta.
Fuentes
- Advancing AI benchmarking with Game Arena, Google
- Game Arena: Strategic LLM Evaluation in Competitive Environments, arXiv
- Chess Leaderboard, Kaggle Game Arena
- FIDE Freestyle Chess World Championship 2026, Wikipedia
- Freestyle Chess Grand Slam Tour, Wikipedia
- The Effects of Chess Instruction on Pupils’ Cognitive and Academic Skills, Frontiers in Psychology
- Does Far Transfer Exist?, Sala y Gobet (2017)
- Proposición no de ley sobre ajedrez en las escuelas, FEDA
- Ajedrez en la escuela en el currículo de España, Revista Ventana Abierta
- Método Enigma, Google Books
- Especial Ajedrez Aperturas, National Geographic (RBA)
Los enlaces a Amazon de este artículo son enlaces de afiliado: si compras a través de ellos, recibo una pequeña comisión sin coste adicional para ti.