Ayer en una comida acabamos hablando de algo que parece cotidiano, pero explica bastante bien por qué tanta gente siente que la vida se ha encarecido de una forma extraña. Alguien se quejaba de lo que cuesta hoy ir a un concierto. Otro respondió que en 1995 tampoco íbamos todos los fines de semana a conciertos, festivales, restaurantes o escapadas internacionales. Y tenía razón. Pero la conversación se puso interesante cuando dejamos de discutir si antes se vivía mejor y empezamos a mirar qué cosas se han abaratado y cuáles se han disparado.
Porque la inflación no es una sola. Vivimos dentro de dos inflaciones distintas. Una afecta a los bienes que la tecnología, la globalización, la logística y la escala han conseguido abaratar de forma brutal. La otra afecta a todo aquello que sigue dependiendo de tiempo humano, presencia física, suelo escaso, talento irrepetible o experiencias limitadas. En la primera economía, el salario compra mucho más que hace treinta años. En la segunda, compra bastante menos.
Lo que se pudo fabricar mejor se volvió barato
Hay una parte de nuestra vida cotidiana que se ha abaratado tanto que casi hemos dejado de verla como riqueza. Un televisor de gran formato, que antes era un lujo reservado a pocos hogares, hoy se compra por una fracción de lo que costaba en términos reales. Un móvil de gama media actual tiene más capacidad de cálculo, cámara, pantalla y conectividad que equipos profesionales de hace no tanto. La ropa básica, con todos los problemas laborales y ambientales que puede haber detrás de ciertas cadenas de producción, cuesta muy poco si la comparamos con los salarios de hace tres décadas.
Lo mismo ha ocurrido con las comunicaciones. Quien vivió los noventa recuerda llamar con cuidado, mirar el reloj, pagar llamadas de larga distancia, usar tarjetas telefónicas o conectarse a Internet con la sensación de que cada minuto contaba. Hoy damos por hecho que podemos hablar, enviar vídeos, hacer videollamadas, escuchar música, trabajar en remoto y navegar casi sin límite desde un dispositivo que cabe en el bolsillo.
También viajar cambió de escala. Volar a Londres, Roma o París era antes una decisión importante para muchas familias. Hoy puede costar menos que una cena para dos si se compra con antelación y se aceptan las reglas del bajo coste. No siempre es cómodo, no siempre es tan barato como parece al principio, pero el salto es real.
Esto no ha pasado por casualidad. La productividad en la fabricación, la logística internacional, el software, la automatización y la competencia global han cambiado la estructura de costes. Donde antes había procesos lentos, caros y locales, ahora hay cadenas mundiales capaces de producir millones de unidades con una eficiencia difícil de imaginar hace treinta años.
Una camiseta básica lo explica bien. En 1995 podía costar unas 1.800 pesetas, alrededor de 11 euros. Hoy puede encontrarse entre 3 y 12 euros. No porque el algodón haya dejado de costar dinero, sino porque la cadena completa, desde el diseño hasta el transporte en contenedor, se ha comprimido. La productividad por trabajador ha crecido muchísimo.
Lo que exige tiempo humano se encareció
El contraste aparece cuando miramos un corte de pelo. En 1995 podía costar unas 600 pesetas, unos 3 euros, al menos en mi ciudad natal Herencia (Ciudad Real). Hoy es fácil pagar no menos de 21 ó 22 euros. Y, sin embargo, el servicio es básicamente el mismo: una persona, unas tijeras, un local, media hora y tu cabeza quieta.
No se puede producir un corte de pelo en una fábrica del sudeste asiático y traerlo en barco. No se puede acelerar demasiado sin estropear el resultado. No se puede atender a diez personas a la vez sin convertir el servicio en otra cosa. Esa es la clave.
William Baumol explicó este fenómeno en los años sesenta con la llamada enfermedad de los costes. Hay sectores donde la productividad mejora mucho, como la industria, la tecnología o el transporte. Y hay otros donde apenas puede mejorar sin destruir la esencia del servicio: educación presencial, cuidados, restauración, peluquería, música en directo, teatro, sanidad, clases particulares o servicios personales.
Un cuarteto de cuerda necesita hoy casi el mismo tiempo y los mismos músicos para tocar una pieza que hace dos siglos. Un profesor particular no puede dar una clase realmente personalizada a cien alumnos a la vez. Un camarero no puede multiplicar indefinidamente su productividad sin que el restaurante pierda calidad. Un cuidador de mayores no puede atender a muchas personas con la misma atención que a pocas.
Pero todos esos sectores compiten por trabajadores dentro de la misma economía. Si los salarios generales suben, ellos también tienen que pagar más, aunque su productividad no crezca al mismo ritmo. Por eso sus precios tienden a subir más.
Aquí está una parte importante del malestar actual. Muchas cosas materiales son más baratas que nunca, pero muchas experiencias y servicios presenciales son más caros que nunca. Podemos tener un televisor enorme en casa por poco dinero, pero ir al cine con la familia se ha convertido en una pequeña decisión presupuestaria. Podemos comprar ropa barata, pero cenar fuera con cierta frecuencia pesa mucho más en la cuenta. Podemos hablar gratis por videollamada con medio mundo, pero una clase particular, una consulta, una actividad infantil o una hora de pádel se pagan a precio de tiempo humano.
La experiencia se convirtió en estatus
Sobre esta diferencia económica hay otra capa: el estatus. Antes demostrar cierta posición podía consistir en tener coche, televisor, equipo de música o ropa de marca. Hoy muchos de esos bienes se han democratizado. Casi todo el mundo tiene una pantalla grande, un móvil capaz, acceso a plataformas y ropa suficiente.
El estatus se ha desplazado hacia lo vivido. Haber estado en ese concierto. Haber ido a ese restaurante. Haber viajado a ese destino. Haber conseguido entradas para ese partido. Haber llevado a los niños a ese parque temático. Haber participado en esa experiencia que otros ven en redes sociales.
Pine y Gilmore llamaron a esto la economía de la experiencia a finales de los noventa. Hoy lo vemos con claridad. La experiencia tiene dos características que empujan el precio: es limitada y se puede exhibir. Un artista internacional solo puede actuar unas noches en una ciudad. Un estadio tiene asientos finitos. Un restaurante de moda no puede duplicar mesas sin cambiar por completo la experiencia. Un parque temático tiene capacidad máxima. Una ciudad deseada tiene suelo limitado.
Cuando la demanda crece y la oferta no puede crecer igual, el precio sube. Y si además hay redes sociales, reventa, precios dinámicos y una cultura cada vez más basada en contar lo que se ha vivido, el efecto se amplifica.
Por eso no nos sorprende ver entradas de conciertos a 150, 200 o 500 euros. O partidos de fútbol que antes eran ocio popular y ahora empiezan a parecer un producto premium, al que ya no puede acceder cualquiera. O restaurantes donde reservar es parte del valor. O parques temáticos que ya no venden solo una entrada, sino acceso prioritario, paquetes, experiencias añadidas y hoteles.
No es solo inflación. Es escasez organizada alrededor del deseo.
La vivienda es el caso más doloroso
La vivienda merece un apartado propio, porque no encaja exactamente en la categoría de experiencia, pero comparte algo fundamental: no puede fabricarse libremente donde hace falta.
Un televisor se produce en una fábrica y se distribuye por todo el mundo. Una vivienda en Madrid, Barcelona, Málaga, Valencia o cualquier ciudad tensionada depende de suelo, permisos, financiación, normativa, construcción, ubicación, transporte, empleo cercano y expectativas de inversión. No puedes fabricar miles de pisos en otro continente y traerlos en contenedores.
Por eso la vivienda se ha convertido en el gran divisor generacional. Quien compró hace décadas accedió a un activo relativamente más barato y luego vio cómo se revalorizaba. Quien intenta comprar hoy se encuentra con precios altos desde el principio, salarios que no han crecido al mismo ritmo y alquileres que dificultan ahorrar para la entrada.
Esta es quizá la expresión más dura de las dos inflaciones. La tecnología te da más por menos. La vivienda te pide más por lo mismo, o incluso por menos. Puedes llevar en el bolsillo un móvil que habría parecido ciencia ficción en 1995, pero te cuesta mucho más vivir cerca de tu trabajo o formar una familia sin depender de ayuda externa.
No todo era mejor antes, pero algunas cosas estaban más cerca
Conviene no caer en la nostalgia fácil. En 1995 había menos opciones, menos conectividad, menos comodidad digital, menos acceso a información, menos facilidad para viajar y menos herramientas para crear, aprender o emprender. Muchas cosas eran peores. Muchas eran más lentas. Algunas, directamente, no existían.
Pero también es verdad que ciertos objetivos básicos estaban más cerca para una parte de la clase media. Comprar una vivienda, formar una familia, pagar actividades de los hijos o acceder a cierto ocio local no parecían tan alejados del salario. No porque todo fuera barato, sino porque la estructura de precios era distinta.
Hoy la abundancia se concentra en lo replicable. Tenemos música infinita, vídeo infinito, información infinita, ropa barata, pantallas baratas, comunicación barata y vuelos más accesibles. La escasez se concentra en lo presencial, lo localizado, lo humano y lo simbólico. Tiempo, suelo, cuidado, atención, talento, exclusividad y experiencias.
Ahí nace la paradoja de nuestro tiempo: vivimos rodeados de tecnología extraordinaria, pero muchas personas sienten que la vida normal se ha vuelto más cara. Y no están necesariamente equivocadas. Lo que ocurre es que “vida normal” ya no se compone solo de bienes industriales baratos. También incluye vivienda, ocio familiar, cuidados, educación, salud, deporte, restauración y pertenencia social. Justo las categorías donde la productividad no ha crecido igual o donde la oferta es limitada.
No vivimos simplemente en una economía cara. Vivimos en una economía partida. Donde hay escala, software y competencia global, somos más ricos que nunca. Donde hay presencia humana, suelo escaso y experiencias deseadas, somos más pobres de lo que esperábamos.
Por eso alguien puede decir con razón que nunca hemos tenido tanto por tan poco. Y otro puede contestar, también con razón, que salir una tarde con su familia se ha convertido en un lujo. Los dos están mirando precios reales. Solo que miran inflaciones distintas.
Preguntas frecuentes
¿Qué significa que vivimos dentro de dos inflaciones?
Significa que algunos bienes, como tecnología, ropa básica o telecomunicaciones, se han abaratado en términos relativos, mientras muchos servicios presenciales, ocio, vivienda y experiencias se han encarecido mucho más que los salarios.
¿Qué es la enfermedad de costes de Baumol?
Es una teoría económica que explica por qué ciertos servicios suben de precio aunque no mejoren mucho su productividad. Si requieren tiempo humano difícil de automatizar, sus costes crecen con los salarios generales.
¿Por qué los conciertos, restaurantes o partidos son cada vez más caros?
Porque son experiencias con oferta limitada y demanda creciente. Un estadio tiene asientos finitos, un artista solo puede actuar ciertos días y un restaurante no puede duplicar mesas sin cambiar su propuesta.
¿Por qué la tecnología parece tan barata comparada con otros gastos?
Porque la fabricación, el software, la automatización y la logística global han multiplicado la productividad. Eso permite vender productos mucho mejores por menos dinero relativo que hace treinta años.